
BANDEJA CELESTE Y BLANCA. EN SU RINCON DEL ESTADIO, LA HINCHADA DE RACING
ARMO UNA TARDE PARA LA MEMORIA
Ahí arriba, Juan está cerca del cielo. Mentira: cerca, no. Está en el cielo. En la mitad de la tarde del mejor de sus sábados de invierno, con los ojos apoyados sobre ese césped de la Boca que le parece hermoso, con los oídos anchos para escuchar todos los cantos en los que cabe la palabra “Academia”, con el corazón acelerado como se acelera el corazón en las grandes circunstancias, Juan, hincha de Racing desde antes de la cuna, se deja envolver por ese cielo del que es parte y dice, grita, proclama, siete letras dentro de las que cabe lo único que en ese instante tiene para avisarle a la humanidad: “Gracias”.
Juan se abraza con todos los desconocidos con los que comparte el cielo, en la altísima bandeja de la Bombonera, en un reducto que en plena victoria percibe como su patria, tras haber visto el 2 a 1 de su Academia (el segundo en el año en esa cancha), apretado con otros como él. Es una fiesta Racing, o la gente de Racing, o las camisetas de Racing, o los pies de Racing que avanzan hacia abajo por las escaleras empapadas del estadio, casi sin preguntarse desde dónde desbordó todo ese líquido. Las voces de Racing también son una fiesta que se extiende por las callecitas del barrio de la Boca.
En las calles teñidas de celeste y blanco, Rodrigo, dueño de una de esas voces, reitera tres veces el apellido del capitán que le da orgullo, “Yacob, Yacob, Yacob” exclama, y luego dice “perdón”. Dice “perdón” y argumenta: “Qué pelotudo soy, pensar que una vez, ni me acuerdo por qué, lo llené de puteadas. Hoy, la rompió”.
A la altura de la Vuelta de Rocha, de cara a unas aguas menos límpidas que el sábado de Racing, Gustavo, otro hincha, no se anima a proyectar que los dos triunfos de arranque ayuden a soñar con un título. Igual, admite que sueña. Aun en fiestas, pero más cauta, Daniela, que aprendió de chiquita los sabores y los sinsabores de la identidad académica, junta aprobaciones. Un poco por cómo le luce en el cuerpo su flamante ropaje de Racing; otro poco porque confiesa que, si todo sigue así, espantará para siempre los temores recurrentes de la mentada Promoción.
Todos llegan hasta la avenida Montes de Oca, donde se dispersan, se mezclan con el mundo. Andan, los hinchas de Racing, felices sobre la Tierra. Y aunque pisen la Tierra, por un rato se siguen sintiendo en el cielo.
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